Críticas

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Entrelobos, una decepción

Entrelobos, dirigida por Gerardo Olivares, era una película muy esperada por la expectación creada debida a la recientemente conocida historia del niño salvaje de Sierra Morena, Marcos Rodríguez; sin embargo el sabor que queda después de verla es agridulce, más tirando al agrio que al dulce.

Lo mejor, de la película son los paisajes espectaculares de Sierra Morena, aunque con algunos errores como la nieve, que es poco habitual en este territorio, y que da la impresión (para cualquiera que no conozca la zona), siendo éste el único periodo de invierno que se ve, de serlo. Salvando este fallo, lo dicho, los paisajes y la naturaleza de lo mejor.

También de lo mejor, el muchacho, el actor Manuel Ángel Camacho, seleccionado en el entorno dónde se desarrolla la historia, con una muy buena actuación para tratarse de un actor novel y además de un niño, lo cual no parece demasiado fácil para un director; por tanto el mérito hay que resaltarlo. El resto de actores están bien, aunque no sean estos los papeles de sus vidas.

De lo mejor también, aunque ya se trata de aspectos de menos enjundia, algunos pasajes con tintes humorísticos o simpáticos que salpican el film, como cuando el chico intenta cazar un conejo que se le escapa, o cuando busca los tubérculos en la tierra, o cuando observa a los animales, o se muere de miedo con los lobos acurrucándose con el viejo cabrero. En todo esto ayuda mucho la cara y la expresión tan graciosa del muchacho; sin duda, repetimos, una magnífica elección.

Otros aspectos son positivos aunque no para hacer una fiesta por ello; la música por ejemplo, que no pasa de ser correcta.

Empezando con los aspectos negativos, señalaremos una serie de fallos que aunque no son demasiado grandes si que son abundantes y eso hace que poco a poco se tienda a ver la película con demasiado ojo crítico:

Por ejemplo, la elección de algunos actores no se ve muy acertada, por estar tan asociados a comedias televisivas que nada más aparecer en la pantalla provocan una risa casi generalizada en la sala; es el caso de Eduardo Gómez, por ejemplo. El espectador no ve un ayudante del capataz en ese personaje, si no a ese actor famoso, y esto resta credibilidad a la película.

El habla de los personajes es demasiado forzada, casi sobreactuada; en este aspecto nuevamente el mejor vuelve a ser el niño, claro, porque es del propio entorno. Quizás debían haber aprendido los demás de él, empezando por el director. Quizás sin tanta exageración no hubiera chocado tanto esa forma de hablar.

Otros fallos se advierten en el guión; si realmente el niño recibía palizas a diario, sólo se ha visto en la película un único guantazo; la dureza de su vida en ese sentido no parece mucha. Esa supuesta dureza no parece suficiente como para preferir vivir solo en el monte que estar con sus padres. Hubiera transmitido más en ese sentido si se hubieran extendido más en ello.

También se deberían haber extendido en los meses y años que pasó sólo en el monte; no se aprecia bien. Parece que fue sólo una temporada. Cuando estamos hablando de años y años, así hasta doce años.

Siguiendo con otros aspectos negativos, la naturaleza, a pesar de lo positivo mencionado más arriba, se aprecia algo irreal; los animales son excesivamente confiados y “poco naturales”; la película parece más “El libro de la selva” que algo que pretende ser mediananamente cercano a la realidad, aunque existan algunas licencias de ficción. La caza del ciervo demasiado exagerada; el nido del águila del final irreal, con los pollos casi más grande que el propio nido, el búho que llega a ser cansino (pese a ser un animal tan bello), y lo peor, un hurón aventurero que llega a avisar a los lobos cuando el muchacho pasa dificultades. Sí, agradable estéticamente, porque estos últimos son animales magníficos, pero de nuevo poco creíbles.

Incluso se escapa un fallo de anacronía en un buitre que lleva una marca alar de plástico (se ve perfectamente) en unos años donde era rarísimo incluso que se anillaran los buitres.

Pero lo peor, y lo que más duele es el escaso compromiso del director y guionista hacia la conservación de la naturaleza y en especial hacia la de los lobos ibéricos. Ya que les sirven para su película, al menos podrían haber tenido una muestra de agradecimiento hacia este emblema de nuestra naturaleza. Queda el film cojo en ese aspecto, ya que lo que se esperaría de una persona que ama la naturaleza y ha estado tan estrechamente unido a ella es ese compromiso, al menos a su manera, claro. El final de la película es nuevamente increíble; actualmente en Sierra Morena prácticamente no quedan lobos, aunque el Ministerio de Medio Ambiente diga que existen unos cincuenta ejemplares en toda Sierra Morena y que su población ha aumentado recientemente. Lo cierto es que se trata de una población relicta y aislada con grandes dificultades de conservación. El encuentro final de Marcos con los lobos allí, en 2010, puede dar a entender al espectador que estos animales son algo común en la actualidad en esta tierra, y la triste realidad desde que él se fue de allí es que estos animales han sido casi exterminados. En esa frasecita final sobreimpresionada, podía haberse enseñado algo de esto, aunque sólo fuera como agradecimiento. Porque  lo ideal (para la película, aunque no para la triste realidad) hubiera sido que Marcos no se hubiera encontrado con los lobos, como él esperaría; no hubiera sido un final feliz, pero sí más profundo, más respetuoso con el espectador.

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BOMARZO EXISTE

Fue un descubrimiento primero impactante y posteriormente frustrante. Gracias a Internet, tenemos el mundo entero al alcance de un golpe de tecla. Un día me dio por teclear “Bomarzo” para ver si existía algo así de verdad. Y sí, existía; tal como lo describía Manuel Mújica Laínez. Bomarzo es real, se emplaza cerca de Roma. Pero las imágenes que vi no alcanzaban ni de lejos a la hermosura del sitio que dibuja el escritor a lo largo de las casi setecientas páginas de la novela que lleva ese título. Es increíble que aunque hable mil veces de la hermosura de Bomarzo, del aliento que exhala la tierra, de la herencia etrusca que palpita en ese lugar, o de los muros del castillo, de las galerías, o de la reverberación del aire transparente de ese entorno del Lazio italiano, o del sacro Bosque de los Monstruos que el protagonista de la novela hizo erigir allí; aunque lo cuente mil veces, no te cansa. Eso, para quienes nos gusta escribir, nos tenemos sólo por unos aficionados y sabemos cuáles son las dificultades de ese oficio (entre otras superar el problema de repetirse y aburrir); eso, decía, es auténtica maestría.
Lo hace tan bien que te mete dentro una especie de nostalgia por ese lugar, una evocación tan plena, que te hace desear conocerlo y sentir, así de profundamente como lo siente Pier Francesco Orsini, el Duque de Bomarzo, las piedras antiguas de su tierra. Hasta el nombre te suena bien; no te cansas de repetirlo. Hasta se puede instaurar en tus semanas un “momento Bomarzo”; los sábados y los domingos por la mañana temprano antes de que se despierte la turbamulta, en absoluto silencio y casi a escondidas, leyendo y cansándote de oír una y otra vez Bomarzo, Bomarzo, Bomarzo.
Así que cuando vi las fotografías del Sacro Bosque de los Monstruos de Bomarzo me quedé completamente defraudado, y comprendí, una vez más, el poder de la literatura, el de describir o contar un suceso, un lugar, una historia, comonunca lo puedes ver en la realidad. Con la pintura sucede igual; el buen pintor te hace ver la realidad mejor (o de otra forma, no tiene por qué ser mejor) que la propia realidad.
Repite mil veces también la imagen de la joroba de Pier Francesco Orsini, cuyo nombre pude ver también, gracias a Internet, en una inscripción en la entrada de aquel lugar. No te aburres de leerlo mil veces; lo que consigue con ello es obsesionarte como lo estaba el portador de esa deformidad. Y cómo siente Manuel Mújica Laínez el agobio de tenerla sin tenerla. Me refiero a la joroba. Para hacer sentir tan intensamente algo así parece necesario haberlo sufrido; pero claro, eso es necesario quizás para nosotros los mortales; para él no, él es eterno.
Como también lo quería ser Pier Francesco. Quería ser eterno, lo buscaba sin cesar. Es curioso, pero aquello que parece obsesionar más al personaje -además de su joroba-, finalmente el escritor, sin quererlo, también lo ha alcanzado; ser inmortal. O quizás sí que lo quería, porque de nuevo, habla con tanto conocimiento de la eternidad, de los sentimientos del que la busca hasta la desesperación, que seguro que es un asunto que al propio escritor le obsesionaba también (en otra de sus novelas, El Unicornio, se ocupa, largamente de otro ser inmortal, el hada Melusina, y en otra, de un mágico -y también inmortal- escarabajo de lapislázuli que perteneció a la reina Nefertari). Él, Manuel Mújica, su obra, sus pensamientos, su forma de ser y sentir, son inmortales, aunque seguro que no puede disfrutar de ello; esa es la pena.
Sus fantasías son ensoñaciones de niños, aunque estén dentro de novelas para adultos; no morir nunca, ser invisibles, volar a ras de suelo; sueños infantiles en libros adultos; quizás se necesite tener una mente un poco infantil para valorar toda la esencia de Bomarzo o de El Unicornio. Pero la recreación que hace de aquel tiempo es tan prolija, hace un estudio tan profundo, una descripción tan plena del Renacimiento italiano y europeo, siente tan dentro la suavidad del mármol con que se fabricaron las esculturas magníficas de Miguel Ángel Buonarotti, la profundidad de las pinturas de Lorenzo Lotto, de Tiziano, la delicada orfebrería de Benvenuto Cellini, o retrata tan bien la majestad de Carlos Quinto o Juan de Austria, de los Médicis, los Colonna, los Farnese, los Orsini, cómo no, dibuja tan intensa y descarnadamente la vida palaciega, se sumerge tan profundamente en ese tiempo disoluto de meretrices, bufones, brocados, armaduras, halcones, de cardenales y papas omnipotentes, de asesinatos, de lujos y miserias, de lirismo y zafiedad, se escapa tanto de la sencillez infantil, que parece muy lejana la novela de ese mundo de niños; sólo un adulto paciente y reposado, pero fantasioso e inocente, puede adentrarse con plenitud en las maravillosas páginas de Bomarzo.
A alguien así se le erizará la piel cuando lea la descripción de los leopardos sinuosos que desfilan, junto al elefante Annone y a los esclavos negros por Florencia, o entenderá la paz del sufriente Vicino, de Pier Francesco Orsini, acunado por su abuela Diana, aspirando “el perfume que emanaba de su seno” acogedor. Se estremecerá con la imagen de los demonios que pasean libremente por las páginas y los caminos de Bomarzo, o la de las harpías y endriagos, las ninfas y los sátiros. Se detendrá y releerá, cuando pase por “la tarde rumorosa de pájaros”, o por el “estremecimiento de lagartijas” o a través “de la maleza huraña”, o de “la crepitación de cigarras y grillos”. Se quedará quieto y en silencio, intentando quedarse en esos instantes, como el que mira y remira una obra de arte tratando de encontrar qué es lo que la hace tan hermosa o tan sobrecogedora. Volverá sobre las palabras, que adornan como pinceladas de color, de delicados matices, Bomarzo, e intentará aprehender esos momentos fugaces y quedárselos para sí como si fueran algunas de las joyas del orfebre Cellini.
El Sacro Bosque de los Monstruos de Bomarzo existe. También Pier Francesco Orsini existió, aunque su vida seguramente no se pareció a la apasionada vida ficticia que recreó Manuel Mújica Laínez. Mezcló ese personaje con otros reales como Pier Luigi Farnese, o Hipólito de Médicis, o Andrea Doria, o el propio Miguel Ángel Buonarotti, que acababa entonces de pintar la Capilla Sixtina, o, incluso, Miguel de Cervantes, que también se desliza por las páginas de la novela, en una de los cientos de naves que acudían desde España, y que se reunían con las naves italianas, a la lucha contra el turco en el Golfo de Lepanto, y que casualmente se encontró con el Duque Orsini. Qué suerte la del escritor, poder manejar a estos fantásticos personajes a su voluntad y hacernos sentirlos personas reales, no sólo aburridos nombres en los pesados y soporíferos libros de Historia; cualquiera diría que a ellos también los ha hecho renacer; quizás sea verdad que tiene en sus manos el poder de manejar el tiempo a su voluntad.

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