El tío Eladio

14 04 2016

El jefe de estación llamó a mi padre para darle una noticia sobre todo amarga. Mi tío Eladio había llegado a Villanueva en el expreso que acababa de pasar procedente de Badajoz. Venía de un campo de concentración donde había estado recluído gran parte del tiempo que duró la guerra. Pero venía demacrado y muy enfermo. Allí estaba en la oficina sentado, esperando a que fueran a buscarle, según le aconsejó el funcionario ferroviario , que era pariente lejano de mi padre.
Pariente era ser algo importante. Mucho más que amigos. En esos tiempos de fuego y desolación, de tanto odio y caos, los parientes eran como miembros de un clan. Debía de ser que la sangre llamaba a defenderla por muy diluida que estuviera. El jefe le retuvo en la oficina porque además de que casi no se tenía en pie, las viudas no iban a dejar escapar esa presa suculenta por lo fácil y por lo importante del cargo. El odio se había malquistado en muchas mujeres de caídos del bando nacional y reclamaban venganza sin descanso. Se habían convertido en unas brujas sedientas de sangre y dolor. Le llevaron a casa entre mi padre y mi hermano pero duró muy poco allí. Sólo dos días. Villanueva era un pueblo muy importante entonces, pero todos nos conocíamos. A él se le conocía muy especialmente por qué fue “de los de alante”, como siempre decía la tía Pilar, su hermana y la de mi madre, que nos había dejado hacía un año. Mi tío Eladio Mendoza, si hubiera vivido, hubiera llegado a ser ministro con algún gobierno socialista de los de ahora, de eso estaba yo segura. Pero estaba acabándose en aquella cárcel, que era peor que si fuera para animales. No podía durar mucho. A pesar de nuestras visitas continuas. De mi tía Pilar y mía, con mis once años y mi cuerpo tembloroso pero fuerte y ya curtido por el sufrimiento de una guerra que había durado tres largos años de dificultades. Yo la acompañaba. Veíamos las celdas oscuras solo abiertas por pequeños ventanucos por donde solo me cabía la cabeza para mirar. Pero nosotros entrábamos dentro a cualquier hora sin respetar los horarios, restringidos a escasos minutos por la mañana. El  carcelero se lo permitía a mí tía y nunca supe por qué.
Diez o quince días después, aquel hombre seco y callado que mantenía aquella complicidad extraña con mi tía nos dijo que no volviéramos. El tío Eladio no pasaría de aquella noche. Pero que no nos preocupáramos que él estaría junto a mi tío y no le dejaría solo en aquel trance. Su ojo era infalible tenía experiencia fácilmente entendible. Al día siguiente mi padre y mi hermano fueron con Arias y su camioneta a recoger el cuerpo del tío Eladio, del cuñado de su mujer, del marido de su hermana, de una hermana de mi tía Pilar fallecida también. Lo llevaban a enterrar tras un brevísimo responso en la cárcel, en la humilde caja de tablas, asustados porque las viudas acechaban y había que evitar la posibilidad de que te relacionarán con los rojos. Pero como no podían ser las cosas faciles, les tocó arreglar un pinchazo a mitad del camino entre la cárcel y el cementerio, y no era fácil arreglarlo en aquellos tiempos. Y menos con el miedo metido en sus cuerpos. Pero todo salió bien para todos excepto para el pobre Eladio que quedó en el suelo en una fosa cualquiera sin una mísera lápida. Solo una pequeña cruz y unas iniciales en ella. Varios años después cuando se estreno el nuevo cementerio y los ánimos, la animadversión, el odio se habían calmado mi padre compró varios sepulcros para llevarlos a todos a un nicho honroso. A mi madre, a Eladio y a varios parientes más que ya no recuerdo. Mi hermano Rufino, con el corazón encogido, fue el encargado de hacerlo, como se esperaba del hombre de una vez, que hacía tiempo que ya era
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