Alguien para toda la vida

5 10 2015

Se trata de mi mejor maestro, del que mejor recuerdo guardo como docente; D. José Luís Andrada; el que más grabado se quedó en mi memoria; por algo sería. Yo suelo utilizar ese tipo de apreciaciones intuitivas en mis análisis. Es para mí un buen indicador de calidad. Guardo otro muy buen recuerdo de otra docente, de Dª Mari Carmen, mi maestra en los tres primeros cursos de EGB, pero ahí creo que se mezclan sentimientos como de madre y maestra; yo era más pequeño y en esa edad creo que confundía las sensaciones. La tengo muy presente no obstante, aunque él creo que dejo más huella, o una huella quizás más atractiva.

Nos trataba como a personas mayores, y teníamos nueve o diez años. Nos hablaba como a personas inteligentes, no como piensa mucha gente que son los niños y por ello hay que hablarles así, como a tontitos a los que les cuesta entender las cosas. Te sentías muy bien en sus clases, para nada aburridas. Estaban dirigidas a personas pensantes.

Con él aprendimos a leer de verdad; esto es, a disfrutar de la lectura, a entender lo que leíamos, a amar las historias y los libros. Tengo marcadas algunas lecturas de aquellos años; “El mago de Estambul” de Lavolle, por ejemplo, y una colección de un payaso gamberro, “Kasperle”, de Josephine Siebe.

Hicimos con él una biblioteca a base de visitar muchas casas de nuestra pequeña ciudad, Villanueva de la Serena, y de pedir libros para la colección que hacíamos y guardábamos en nuestra  clase de La Zona, el antiguo cuartel militar reconvertido en escuela. Aquello nos hizo valorar los libros y entender aquella biblioteca como un tesoro que crecía y adorábamos. Todavía recuerdo el mueble de formica donde la almacenábamos. No era muy grande, sí, es evidente que era una biblioteca muy pequeñita. El recuerdo es que se trataba de algo muy importante, aunque vista desde la distancia del tiempo, desde los ojos adultos de ahora que empequeñecen aquellas impresiones infantiles y desde este tiempo de desahogo económico (aquello se desarrollaba dos años después del final de la dictadura), que nos permite a cualquiera disponer de colecciones de libros mucho mayores que aquella, su tamaño podría reducirse hasta casi algo insignificante. Menos mal que la memoria que se forjó entonces, afortunadamente, aún mantiene aquella visión falsa y magnificada.

Para nuestro maestro, alto, de pelo gris y gran fumador de Ducados, eso de leer era su objetivo primordial hacia nosotros. Hacía concursos en clase, y el premio siempre era un libro. A mí nunca me tocó ninguno, pero me moría de envidia. Recuerdo también a uno de mis compañeros, algo tardo el chaval, que era precisamente hijo de un colega maestro de D. José Luis, al que él trataba de convencer para que volviera caminando a casa como el resto de niños. Intentaba que fuera autónomo y que se relacionara con los demás. Prometió regalarle un libro si se atrevía a irse andando, pero no hubo forma.

Nos enseñaba hasta la postura que teníamos que tener para leer; nunca con la cabeza entre las manos; “acabaríamos durmiéndonos” nos decía. Hasta nos dio permiso para darle un capón (él nos los daba habitualmente, y picaban, pero ni dolían ni molestaban, lo prometo solemnemente por mi honor; eran casi una caricia); nos dio permiso, nos pidió que si algún día le veíamos así leyendo, que le diéramos un capón como esos que él propinaba con tanta alegría. Sabía que no había problemas, él nunca leía así…

… hasta aquella vez en que se levantó su tocayo, nuestro compañero José Luís, un fortachón hijo de guardia civil, desde el final de la clase y ante nuestros ojos alucinados, se dirigió a su mesa, y se lo asestó sin darle tiempo a reaccionar, ante lo inesperado de aquel ataque tan imprevisto e improbable. Recuerdo incluso el remolino que provocó en el aire, dibujado gracias al humo del cigarro que sostenía entre los dedos de aquella, su mano traidora, que por su cuenta había osado contravenir los sabios consejos de aquel lector tan purista. Por cierto, las risas fueron sonadas, tras ser el maestro el primero en hacerlo, ya repuesto de la sorpresa. Como persona inteligente, tenía muy buen sentido del humor.

Polyommattus pp

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