Escrito 121.- El olor, el pescado, las personas.

24 11 2012

En el puerto de pesca he necesitado hacer una fotografía sobre el papel con mi bolígrafo ya que la que he intentado con la cámara no ha salido como pretendía. Un policía ha pensado (lo dudo) que quería hacer una foto a un barco militar; yo creo que más bien necesitaba que se notara quién era la autoridad allí.

He estado aprendiendo lecciones de anatomía con los hombres dedicados a preparar las sardinas en filetes, a pelar las gambas -ya me gustaría a mi ser tan rápido-, a trocear los peces sable, a quitarles la piel a los tiburones, su cuero, más bien. He estado observando peces de todo tipo, el de “Saint Pierre” por ejemplo, como lo ha llamado un pequeño pescador que me hablaba en castellano mientras me estrechaba con fuerza la mano.

El paisaje de olores de Marruecos es realmente rico y diverso. Hasta el humo de los coches es distinto a los que estamos acostumbrados, deben de tener otros componentes los carburantes de aquí, quiero decir, al menos otras proporciones. O ¿será que no pasan los controles de emisiones que por ejemplo me tocará pasar con mi coche en España cuando llegue? El olor de los deshechos de las sardinas molesta, molesta mucho, es como una bofetada bien asestada; pero da cierta alegría, parece que nos recuerda que tenemos nariz y que la queremos para algo. Ayer en el autobús olían las personas, pero no era un olor molesto, era un olor humano, un olor mejor a distancia, sí, pero tampoco mucha, no hay que exagerar; ya digo; no es un olor molesto, ni mucho menos. Las personas no molestan.

Ahora, las olas rompiendo se muestran a mí y a mis compañeros de escena, ensimismados como yo con su ruido de rugido de león y con el agua pulverizada por encima de las rompientes, por igual. Porque aunque sean míseros, pobres de solemnidad, aunque recojan un pantalón mugriento del suelo que parecía solo un deshecho, revuelto entre las rocas, no menos mugriento que el suyo propio, que el que llevan encima, aún así tienen la capacidad de disfrutar con el espectáculo del poder de la naturaleza. Son ricos por ello, esta capacidad no se adquiere con dinero, la llevamos todas las personas dentro.

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