Escrito 105.- Lidia en Sierra Maestra

17 09 2011

Aún le ardía la mejilla; casi apreciaba todavía la sangre palpitando con fuerza a flor de piel. Pero le dolía algo, mucho más dentro de su cuerpo. ¿El corazón?… ¡Qué tontería! Era como un vacío dentro, muy dentro. Cercano a la columna vertebral, pero no en su espalda, en el interior de su pecho. Tenía unas enormes ganas de llorar. Lloraba de hecho otra vez, pero no quedaba satisfecha. Tampoco era capaz de pensar ordenadamente; no se lo proponía siquiera. Sólo le apetecía andar y alejarse.

La brisa se había abierto paso definitivamente entre la atmósfera cargante de los bosques. Era una delicia para quien tuviera la capacidad de apreciarlo –no para Lidia en aquellos momentos-, y era mayor delicia para quien hubiera soportado recientemente el vapor húmedo de la selva, para quien pudiera comparar ambos estados y valorar como se merecía la delicia del aroma y el frescor que traía el mar.

Al final de este largo tramo de la senda, recto y empinado, se apreciaban claros lejanos en la vegetación; pero aún quedaba un buen trecho para llegar hasta ellos. El hombre y la yegua habían cogido una enorme ventaja en un tiempo que se le hizo brevísimo a Lidia. Lo prefería así, desde luego… pero,… ¿y ella, a dónde iba?… Iría adonde la llevaran los pies, qué más daba… al mar,… iría al mar…

Se le había pasado la sensación retumbante en la cabeza que le dejó el bofetón que le había dado su padre unos minutos antes, la razón de ese huir, de su rabia primera, de su dolor de ahora. Pero no sintió dolor físico al recibir el golpe, fue como una gran confusión, como un freno enorme de pronto, acaso como un choque contra una pared. Tardó unos segundos en enterarse de lo que le había pasado, aunque vio claramente la mano abierta venir con fuerza hacia ella. Lo del choque contra la pared se le ocurrió por el retumbar de su cabeza. Los segundos para ser consciente del bofetón se debían sin duda a la incredulidad que había sentido. No eran raro en el padre de Lidia –y en su madre- los manotazos o alguna que otra guantada, pero eran pequeños castigos y la mayoría de las veces ni siquiera suficientes para detener las rebeliones infantiles, el desboque de su hermano, o el de ella misma, hacía bastante tiempo ya. Pero ahora no había sido lo mismo; fue un golpe rabioso y rotundo. Cómo iba a haber sido lo mismo, si había llegado a llamarla puta. ¡Puta!

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